Aún recuerdo las constantes
conversaciones que mantenía con mi padre, pues siempre él me escuchaba y me
ayudaba a optar por un camino. Recuerdo claramente que la primera vez que se
cruzó la palabra calidad en nuestros
diálogos fue cuando me cuestionó la decisión de estudiar una carrera que “no me
daría grandes satisfacciones” y –a criterio suyo y de muchos- no era de
prestigio.
La decisión fue estudiar
Literatura en la UNFV, a pesar que mis padres no estuvieron de acuerdo, no dudaron
en apoyarme; no olvidaré la frase que mi padre dejó en ese momento: "El
tiempo nos dará respuestas a las acciones del hoy…”[1]
Valgan verdades, la
universidad que me abrió sus puertas tenía en ese entonces (2005) conflictos
políticos y muchas deficiencias. Ingresamos 80 y solo terminamos la carrera 12
personas de la base inicial.
Cuando culminé la carrera, mi
padre y yo volvimos a tocar el tema, él me preguntó qué haría como crítica
literaria, dónde trabajaría, qué beneficios me brindaba la universidad como
egresada, etc. Aún recuerdo, que me encontraba con un espíritu muy positivo y
avasallador; le respondí que trabajaría en lo que había estudiado, que ya había
encontrado trabajo como orientadora en la Casa de la Literatura y que por
ahora, no esperaba más de mi universidad, pues consideraba que mi aprendizaje
durante los cinco años había hecho de mí una persona competente y de prestigio
profesional; estás acciones las respaldaba con trabajos de investigación,
ponencias nacionales e internacionales –en realidad estuve volando demasiado-.
Cuando los años pasaban y mi
carrera como crítica literaria se iba limitando a un área, veía que presentarme
con orgullo de mi alma máter no era
suficiente; en una entrevista personal para renovar contrato en la Casa de la
Literatura Peruana, me preguntaron ¿Es usted una profesional de Calidad?,
afirmé con un sí muy enérgico, pues me creía la mejor en mi campo, tenía meses
en perfeccionarme en todos los requisitos que se nos exigía.[2] Increíblemente, pasaron tres largos años, en las que me
dediqué a lo mismo; me di cuenta que mi vida se volvía aburrida.
Las veces que me encontraba
con mi padre con el pretexto de tomarnos un café en jirón de la Unión era para
escuchar su pregunta: ¿Qué más Regina?, ¿qué sigue en tu vida?, en una de esas
conversaciones, afirmé lo que alguna vez mi padre me dijo “el tiempo nos dará
respuestas…” era verdad.
Tomé decisiones para evitar
ser catalogada como “un desperdicio” en el ámbito profesional, empecé a
incursionar en la docencia, pues fortuitamente llegué a capacitar a docentes,
incursioné en el teatro, en la narración oral de cuentos, en fin; y al cerrar
el telón de cada una de mis actividades, encontraba las felicitaciones, todo
hasta ahí parecía terminar bien, pero cuando venía la pregunta ¿Dónde estudió? y
respondía mi procedencia universitaria, muchos quedaban sorprendidos.
Esas experiencias quedaron
como una incertidumbre en mí día tras día, me cuestionaba si realmente era una
profesional competente y de calidad como muchos definían.
En el 2014, decidí estudiar en
UNMSM, pues buscaba perfeccionarme, entender la naturaleza de un maestro y su
compromiso. En esas circunstancias, me interesé por los instrumentos de
evaluación, me quedé con una necesidad de aprender sobre ellos. Es ahí cuando,
una maestra de la Facultad de Educación me sugiere estudiar la Maestría en
Evaluación y Acreditación de la calidad en la Educación, pues ella consideraba
que ahí aprendería sobre los instrumentos de evaluación. Inicialmente, me
encontraba en una disyuntiva, no sabía si estudiar en EACE o una maestría en
Literatura peruana.
Hay días en las que me
arrepentí haber elegido la maestría, y hay días en las que me alenté y me
convencí que no me equivoqué, pues de los tres ciclos que he cursado, tengo
experiencias que rescatar de cada uno de ellos. En el primer ciclo, recuerdo
que el Dr. Gonzalo Pacheco, cuestionaba la idea de formación integral en el estudiante,
presentó un panorama de las definiciones de calidad y explicó su relación con
los objetivos del PEN al 2021, la influencia de la OCDE en nuestro país y su
pertinencia con la calidad, finalmente, me interesó su tesis que versaba sobre
la “Educabilidad”. Este primer ciclo lo llevaba en la modalidad presencial, lo
que a mi parecer, es mucho mejor, pues nos organizábamos en equipos y trabajábamos
focalizados en la tesis.
En el segundo ciclo, hice mi
traslado a la modalidad bimodal, era consciente que al hacerlo, tenía mayor
responsabilidad en autoformarme, pues está vez no estaría tan activa como en el
presencial. Siento que fue difícil adaptarme, pues llevaba un bebé en mi
vientre y cada clase era para mí un reto; sin embargo, no baje la guardia, al contrario,
sentí el aliento de mis familiares, incluso mi padre me dijo que “en estos
tiempos la mujer del siglo XXI tiene que dedicarse a cada campo con excelencia,
si vas a ser madre, tienes que serlo; si vas a estudiar, tienes que hacerlo con
fervor y pasión; y si vas a ser esposa, tienes que hacerlo con amor… un arduo
trabajo, pero no imposible”. Estas palabras, me llevaron a reflexionar, y
buscar un propósito en todo lo que hacía, ¿para qué estudias en EACE si aún no
lo aplicas en tu día a día?,
Desde el momento que conocí a
los nuevos miembros del segundo ciclo de la maestría, decidí ser un referente
académico, me di cuenta que mi embarazo no era un límite, que mi edad y falta
de experiencia no sería un problema, pues muchos de mis compañeros bordeaban
los 40 a más y tenían cargos “asegurados” en el MINEDU, UGEL 01 y 04, dueños de
colegios, etc.
Considere que muchos de ellos
manejaban un doble discurso, pues pregonaban a voz en cuello, una necesidad de
reforma educativa, cuando ellos eran las causas de tanta desigualdad, lo digo
porque sentía que la maestría se enfocaba a facilitar un certificado a
cualquier precio, no importaba si estudiabas, si investigabas, o si deseabas
promover un conversatorio. Creo, que salí más perturbada y decepcionada, basta
con esta coincidencia, pues muchas de las estudiantes de la maestría habían
sido mis profesoras de primaria; sentí mucha decepción, porque ellas habían
sido un referente en mi vida y las recordaba como “buenas maestras”, pero con
su accionar borraron, cual tornado los mejores recuerdos de mi niñez.
Esa fue una gran razón por lo
que dejé de estudiar un año la maestría, me encontraba en una gran
incertidumbre, sentía que la mediocridad podía ganar mis esperanzas y deseos de
justicia y vida ordenada. Decidí, pensar un año, ese mismo tiempo lo dediqué a
pensar en mi familia. Le di prioridad a mi bebé y a mi esposo. Empecé a
construir un hogar más sólido, donde las normas que mi esposo y yo habíamos
registrado en nuestras vidas, tenían que reflejarse en casa por nuestro hijo.
Nunca, antes de mi embarazo,
sentía la necesidad de expresar mis respetos por cualquier persona que tuviera
un hijo, comprendí que si no leía con avidez, mi hijo no sentiría ese placer al
leer; me levantaba más temprano y trabajaba con mucho entusiasmo; todo ese 2016
fue así, de aprendizaje y de decisiones; sin embargo, no tuve el tiempo
suficiente para llorarle a mi padre, pues en enero de ese año, él fallece, mi
héroe me dejó con mil preguntas, mil ideas en proyectos y sueños.
Este 2017, decidí regresar al
ruedo, pues consideraba que debía terminar lo que había empezado, prejuiciosamente
me afirmaba que el nuevo grupo humano que encontraría me permitiría reivindicar
aquella imagen bizarra de maestras que solo buscaban asegurar un puesto de trabajo,
con trampas y falsedades. Nuevamente, sentí incongruencias con la mención: se
me obligó pagar una matrícula extemporánea por falta de información hacía mi
persona, (mi correo estaba en otro grupo), etc.
Como líneas más arriba dije,
siempre en cada ciclo aparece una experiencia que queda en mí, pues escuchar a
la persona bajo el nombre de Charles Torres, me dejó una preocupación y una
necesidad: preocupación porque no estaba dando lo mejor de mí, pues a cada
pregunta planteada sobre el tema de calidad, modelos, gestión, etc. sentía un
gran vacío, por recordar lo que sí escuché en alguna clase del primer ciclo –no
menciono el segundo, porque no me sirvió -, y una necesidad, pues yo también quería
ver la calidad en mi vida.
En los dos fines de semana, que
compartimos con el profesor, sentía que lo que él decía se hacía; es decir,
había coherencia entre dichos y hechos.
Confieso que no he dormido lo
suficiente a raíz de mi preocupación, me costó trabajar con mis nuevas
compañeras, pues cada una tiene un ritmo muy distinto; he descuidado mi hogar
por dos semanas, no he trabajado como debe ser. Todo por querer correr e ir
contra el tiempo y comprender dos modelos de acreditación en el país.
Es cierto, he sacrificado
varios factores de mi vida, pero recuerdo la frase que mi padre, me decía “el
tiempo….” Y creo que una forma de vivenciar la calidad es en la organización
del quehacer diario, el de encontrar en la fe la fortaleza para el espíritu, en
el estudio las respuestas a las dudas y en la práctica la ejecución de todo lo
aprendido.
Hoy duermo un poco más, pero
leo algo mejor los temas presentados en una carta descriptiva por el Dr.
Torres, hoy siento que la mención puede mejorar, si exijo lo que se acordó
antes de ingresar a la mención; hoy comparto con mis estudiantes, la idea de
que nuestras palabras tienen un peso enorme y nuestras acciones deben reflejar
lo que nuestra boca emana.
Estoy convencida que el cambio
parte de uno mismo y que la mejor arma es la educación.
[1]
Esta frase es una interpretación a lo que mi padre llamaba la ley del Karma
“Causa y efecto”.
[2]
Los requisitos eran académicos (bachiller en Literatura, un idioma extranjero,
conocimiento en actividades culturales, etc.) Ningún criterio veía un producto
para la CASLIT.