domingo, 20 de agosto de 2017

Calidad: un sendero inherente a la vida


Aún recuerdo las constantes conversaciones que mantenía con mi padre, pues siempre él me escuchaba y me ayudaba a optar por un camino. Recuerdo claramente que la primera vez que se cruzó la palabra calidad en nuestros diálogos fue cuando me cuestionó la decisión de estudiar una carrera que “no me daría grandes satisfacciones” y –a criterio suyo y de muchos- no era de prestigio.

La decisión fue estudiar Literatura en la UNFV, a pesar que mis padres no estuvieron de acuerdo, no dudaron en apoyarme; no olvidaré la frase que mi padre dejó en ese momento: "El tiempo nos dará respuestas a las acciones del hoy…”[1]

Valgan verdades, la universidad que me abrió sus puertas tenía en ese entonces (2005) conflictos políticos y muchas deficiencias. Ingresamos 80 y solo terminamos la carrera 12 personas de la base inicial.

Cuando culminé la carrera, mi padre y yo volvimos a tocar el tema, él me preguntó qué haría como crítica literaria, dónde trabajaría, qué beneficios me brindaba la universidad como egresada, etc. Aún recuerdo, que me encontraba con un espíritu muy positivo y avasallador; le respondí que trabajaría en lo que había estudiado, que ya había encontrado trabajo como orientadora en la Casa de la Literatura y que por ahora, no esperaba más de mi universidad, pues consideraba que mi aprendizaje durante los cinco años había hecho de mí una persona competente y de prestigio profesional; estás acciones las respaldaba con trabajos de investigación, ponencias nacionales e internacionales –en realidad estuve volando demasiado-.

Cuando los años pasaban y mi carrera como crítica literaria se iba limitando a un área, veía que presentarme con orgullo de mi alma máter no era suficiente; en una entrevista personal para renovar contrato en la Casa de la Literatura Peruana, me preguntaron ¿Es usted una profesional de Calidad?, afirmé con un sí muy enérgico, pues me creía la mejor en mi campo, tenía meses en perfeccionarme en todos los requisitos que se nos exigía.[2] Increíblemente,  pasaron tres largos años, en las que me dediqué a lo mismo; me di cuenta que mi vida se volvía aburrida.

Las veces que me encontraba con mi padre con el pretexto de tomarnos un café en jirón de la Unión era para escuchar su pregunta: ¿Qué más Regina?, ¿qué sigue en tu vida?, en una de esas conversaciones, afirmé lo que alguna vez mi padre me dijo “el tiempo nos dará respuestas…” era verdad.

Tomé decisiones para evitar ser catalogada como “un desperdicio” en el ámbito profesional, empecé a incursionar en la docencia, pues fortuitamente llegué a capacitar a docentes, incursioné en el teatro, en la narración oral de cuentos, en fin; y al cerrar el telón de cada una de mis actividades, encontraba las felicitaciones, todo hasta ahí parecía terminar bien, pero cuando venía la pregunta ¿Dónde estudió? y respondía mi procedencia universitaria, muchos quedaban sorprendidos.

Esas experiencias quedaron como una incertidumbre en mí día tras día, me cuestionaba si realmente era una profesional competente y de calidad como muchos definían.

En el 2014, decidí estudiar en UNMSM, pues buscaba perfeccionarme, entender la naturaleza de un maestro y su compromiso. En esas circunstancias, me interesé por los instrumentos de evaluación, me quedé con una necesidad de aprender sobre ellos. Es ahí cuando, una maestra de la Facultad de Educación me sugiere estudiar la Maestría en Evaluación y Acreditación de la calidad en la Educación, pues ella consideraba que ahí aprendería sobre los instrumentos de evaluación. Inicialmente, me encontraba en una disyuntiva, no sabía si estudiar en EACE o una maestría en Literatura peruana.

Hay días en las que me arrepentí haber elegido la maestría, y hay días en las que me alenté y me convencí que no me equivoqué, pues de los tres ciclos que he cursado, tengo experiencias que rescatar de cada uno de ellos. En el primer ciclo, recuerdo que el Dr. Gonzalo Pacheco, cuestionaba la idea de formación integral en el estudiante, presentó un panorama de las definiciones de calidad y explicó su relación con los objetivos del PEN al 2021, la influencia de la OCDE en nuestro país y su pertinencia con la calidad, finalmente, me interesó su tesis que versaba sobre la “Educabilidad”. Este primer ciclo lo llevaba en la modalidad presencial, lo que a mi parecer, es mucho mejor, pues nos organizábamos en equipos y trabajábamos focalizados en la tesis.

En el segundo ciclo, hice mi traslado a la modalidad bimodal, era consciente que al hacerlo, tenía mayor responsabilidad en autoformarme, pues está vez no estaría tan activa como en el presencial. Siento que fue difícil adaptarme, pues llevaba un bebé en mi vientre y cada clase era para mí un reto; sin embargo, no baje la guardia, al contrario, sentí el aliento de mis familiares, incluso mi padre me dijo que “en estos tiempos la mujer del siglo XXI tiene que dedicarse a cada campo con excelencia, si vas a ser madre, tienes que serlo; si vas a estudiar, tienes que hacerlo con fervor y pasión; y si vas a ser esposa, tienes que hacerlo con amor… un arduo trabajo, pero no imposible”. Estas palabras, me llevaron a reflexionar, y buscar un propósito en todo lo que hacía, ¿para qué estudias en EACE si aún no lo aplicas en tu día a día?,

Desde el momento que conocí a los nuevos miembros del segundo ciclo de la maestría, decidí ser un referente académico, me di cuenta que mi embarazo no era un límite, que mi edad y falta de experiencia no sería un problema, pues muchos de mis compañeros bordeaban los 40 a más y tenían cargos “asegurados” en el MINEDU, UGEL 01 y 04, dueños de colegios, etc.

Considere que muchos de ellos manejaban un doble discurso, pues pregonaban a voz en cuello, una necesidad de reforma educativa, cuando ellos eran las causas de tanta desigualdad, lo digo porque sentía que la maestría se enfocaba a facilitar un certificado a cualquier precio, no importaba si estudiabas, si investigabas, o si deseabas promover un conversatorio. Creo, que salí más perturbada y decepcionada, basta con esta coincidencia, pues muchas de las estudiantes de la maestría habían sido mis profesoras de primaria; sentí mucha decepción, porque ellas habían sido un referente en mi vida y las recordaba como “buenas maestras”, pero con su accionar borraron, cual tornado los mejores recuerdos de mi niñez.

Esa fue una gran razón por lo que dejé de estudiar un año la maestría, me encontraba en una gran incertidumbre, sentía que la mediocridad podía ganar mis esperanzas y deseos de justicia y vida ordenada. Decidí, pensar un año, ese mismo tiempo lo dediqué a pensar en mi familia. Le di prioridad a mi bebé y a mi esposo. Empecé a construir un hogar más sólido, donde las normas que mi esposo y yo habíamos registrado en nuestras vidas, tenían que reflejarse en casa por nuestro hijo.

Nunca, antes de mi embarazo, sentía la necesidad de expresar mis respetos por cualquier persona que tuviera un hijo, comprendí que si no leía con avidez, mi hijo no sentiría ese placer al leer; me levantaba más temprano y trabajaba con mucho entusiasmo; todo ese 2016 fue así, de aprendizaje y de decisiones; sin embargo, no tuve el tiempo suficiente para llorarle a mi padre, pues en enero de ese año, él fallece, mi héroe me dejó con mil preguntas, mil ideas en proyectos y sueños.

Este 2017, decidí regresar al ruedo, pues consideraba que debía terminar lo que había empezado, prejuiciosamente me afirmaba que el nuevo grupo humano que encontraría me permitiría reivindicar aquella imagen bizarra de maestras que solo buscaban asegurar un puesto de trabajo, con trampas y falsedades. Nuevamente, sentí incongruencias con la mención: se me obligó pagar una matrícula extemporánea por falta de información hacía mi persona, (mi correo estaba en otro grupo), etc.

Como líneas más arriba dije, siempre en cada ciclo aparece una experiencia que queda en mí, pues escuchar a la persona bajo el nombre de Charles Torres, me dejó una preocupación y una necesidad: preocupación porque no estaba dando lo mejor de mí, pues a cada pregunta planteada sobre el tema de calidad, modelos, gestión, etc. sentía un gran vacío, por recordar lo que sí escuché en alguna clase del primer ciclo –no menciono el segundo, porque no me sirvió -, y una necesidad, pues yo también quería ver la calidad en mi vida.

En los dos fines de semana, que compartimos con el profesor, sentía que lo que él decía se hacía; es decir, había coherencia entre dichos y hechos.

Confieso que no he dormido lo suficiente a raíz de mi preocupación, me costó trabajar con mis nuevas compañeras, pues cada una tiene un ritmo muy distinto; he descuidado mi hogar por dos semanas, no he trabajado como debe ser. Todo por querer correr e ir contra el tiempo y comprender dos modelos de acreditación en el país.

Es cierto, he sacrificado varios factores de mi vida, pero recuerdo la frase que mi padre, me decía “el tiempo….” Y creo que una forma de vivenciar la calidad es en la organización del quehacer diario, el de encontrar en la fe la fortaleza para el espíritu, en el estudio las respuestas a las dudas y en la práctica la ejecución de todo lo aprendido.

Hoy duermo un poco más, pero leo algo mejor los temas presentados en una carta descriptiva por el Dr. Torres, hoy siento que la mención puede mejorar, si exijo lo que se acordó antes de ingresar a la mención; hoy comparto con mis estudiantes, la idea de que nuestras palabras tienen un peso enorme y nuestras acciones deben reflejar lo que nuestra boca emana.

Estoy convencida que el cambio parte de uno mismo y que la mejor arma es la educación.





[1] Esta frase es una interpretación a lo que mi padre llamaba la ley del Karma “Causa y efecto”.
[2] Los requisitos eran académicos (bachiller en Literatura, un idioma extranjero, conocimiento en actividades culturales, etc.) Ningún criterio veía un producto para la CASLIT.

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