lunes, 30 de julio de 2012


DESEO OPRIMIDO: LA LUZ QUE EL MUNDO NO PUEDE VER

MAMANI Macedo, Porfirio. Deseamos ver la luz/ Nous Voulons voir la lumière. Francia, Editions de l'Atlantique. 2012
Porfirio Mamani Macedo (Arequipa-Perú, 1963) muestra su constante apego a la poesía; cuenta con un sinnúmero de poemarios como: La luz del camino (2010), Antes del sueño (2009), Lluvia después de mi caída & un Réquiem para Darfur (2008), Poema a una extranjera (2005). Así como, trabajos de investigación literaria: Tres poéticas entre la guerra civil española y el exilio: Miguel Hernández, Rafael Alberti y Max Aub (2008), La société péruvienne du XXème siécle dans l'auvre de Julio Ramón Ribeyro (2007) y La sociedad peruana en la obra de José María Arguedas. El zorro de arriba y el zorro de abajo (2007). El vate peruano es doctor en Letras en la Universidad de la Sorbona y graduado como abogado en la Universidad Católica de Santa María.

La gran mayoría de los poemarios están en una edición bilingüe, al igual que el texto poético Deseamos ver la luz (2012); sin embargo, debemos reconocer el estilo de éste, pues su principal soporte es la prosa poética, conformado por 34 (treinta y cuatro) poemas, que nos llevará a reflexionar sobre la claridad en toda su expresión. El tema se manifiesta en significados, es decir, en aquellos elementos fácticos y no fácticos como el agua, el tiempo, las puertas abiertas, las plantas, Dios, etc., sólo por poner ejemplos generales, para problematizar aquello que no podemos ver.

La voz poética reconoce axiomas universales que nos empujan atravesar las normas como: nada es nuestro (poema uno), la tierra que deben labrar los hombres para seguir viviendo (poema tres), para luego llevarnos a cuestionar nuestros preceptos del tiempo, como un tema continuo: el ayer que no deseamos recordar (poema cinco), es decir la fugacidad sin temple y conciencia de las acciones pasadas. Sin embargo, si miramos el futuro: ahora es el sol que nos falta, la sonrisa, el amor constante que ha huido de nosotros (poema veinte), estaríamos frente al pronóstico para aquello que no podemos evitar, la sociedad, si o si, es emergente del futuro esperado, que podríamos llamarlo caos.

Este primer acercamiento, al parecer de forma, nos confiere pensar en aquel cuerpo que soporta y registra todos los avatares de lo que no podemos ver, en otras palabras a los “cambios” que estamos sometidos ya sea por el tiempo o los símbolos que el poemario plantea. No obstante, es necesario, retomar la idea de fugacidad y dinamismo, que no son más que sinónimos: todo cambia […], tu cuerpo envejecido, los niños que no duermen (poema 6). Como vemos son consecuencias que afectan a la naturaleza humana, pero también podemos decir a la fe: oro y recorro la penumbra de los días que se abren como fantasmas (poema quince). Viento que no perturba la memoria de nadie, ni de Dios cuando lloro (poema siete). Estamos frente a lo que podríamos llamar “diálogo unipersonal”, pues la respuesta que se busca no es concretada ni por el propio Dios, ¿será que estamos inmersos en una revelación de la sociedad moderna individualista?

Los elementos de la naturaleza como el agua, las plantas y las piedras tienen un protagonismo particular, porque pueden ser el símbolo de aquello que buscamos reconocer; son agentes que nos podrían permitir llegar a la luz ansiada, o simplemente abrirnos paso para el aprender de los errores y la incertidumbre: y yo, una vez más, debo caminar hundiendo mis patas en el barro incierto, sin pretender la luz ni el agua trasparente para nutrirme en este valle, esperando algo que no comprendo. (Poema ocho)

Estos versos dan un protagonismo al yo poético, quién tiene que luchar ante la incertidumbre, pues sólo de esa manera podrá, quizás, comprender a la vida. En cambio en estos versos: No conservo nada entre mis manos. La lluvia, el polvo que desciende de las rocas se lo lleva todo. Soy una rama que indiferente golpea el viento (poema veinticinco) el yo poético se performatiza en un elemento de la naturaleza, por lo que sus acciones no pueden ser evitadas, y nuevamente manifiesta la fugacidad irreparable del tiempo.

De todos los elementos mencionados, la puerta y el espejo son los que mejor cuestionan al hombre; si bien el espejo es el reflejo y no la realidad, pues arroja una verdad: miraré en un espejo circular mi rostro deformado por el tiempo, miraré también las heridas que nunca podrán cicatrizar mi alma y mi memoria. (Poema dieciséis)

Sin alejarme demasiado de tu puerta que me mira, debo recorrer todo un desierto de ceniza sin saber por qué. Ignoro como siempre, dónde termina este laberinto que me encierra: la vida. (Poema diecisiete) la vida es tan incierta que sólo podemos afirmar donde se inicia, lo más probable que  la metáfora sea esa puerta nuestra o ajena, que nos permite seguir un camino, ya sea, un laberinto, un circulo o simplemente lo fortuito.

Quiero terminar este acercamiento al poemario, con unos versos: Deseamos ver la luz, no el espectro de la luz; la hierba, no el desierto que no se mueve en nuestros pechos. (Poema treinta tres) ¿Cómo interpretarlo?, creo que lo más sencillo es reconocer que hoy en día sólo vemos espectros, y no vemos “aquella iluminación” que evitaría las problemáticas del hombre. El poemario es una contestación a las imágenes impuestas por la vida rutinaria. Nos acerca a través de la sencillez a una vida sin adornos. La propuesta del poemario invita finalmente, al lector preocupado por esta era a quitarse la máscara, pues sólo así podrá descubrir “Otra” alternativa, ya no de sobrevivencia, sino de vida. 




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