DESEO OPRIMIDO: LA LUZ QUE EL MUNDO
NO PUEDE VER
MAMANI Macedo, Porfirio. Deseamos ver la luz/ Nous Voulons voir la
lumière. Francia, Editions
de l'Atlantique. 2012
Porfirio Mamani Macedo
(Arequipa-Perú, 1963) muestra su constante apego a la poesía; cuenta con un
sinnúmero de poemarios como: La luz del
camino (2010), Antes del sueño
(2009), Lluvia después de mi caída &
un Réquiem para Darfur (2008), Poema
a una extranjera (2005). Así como, trabajos de investigación literaria: Tres poéticas entre la guerra civil española
y el exilio: Miguel Hernández, Rafael Alberti y Max Aub (2008), La société péruvienne du XXème siécle dans l'auvre
de Julio Ramón Ribeyro (2007) y La
sociedad peruana en la obra de José María Arguedas. El zorro de arriba y el
zorro de abajo (2007). El vate peruano es doctor en Letras en la
Universidad de la Sorbona y graduado como abogado en la Universidad Católica de
Santa María.
La gran mayoría de los
poemarios están en una edición bilingüe, al igual que el texto poético Deseamos ver la luz (2012); sin embargo,
debemos reconocer el estilo de éste, pues su principal soporte es la prosa
poética, conformado por 34 (treinta y cuatro) poemas, que nos llevará a reflexionar
sobre la claridad en toda su expresión. El tema se manifiesta en significados,
es decir, en aquellos elementos fácticos y no fácticos como el agua, el tiempo,
las puertas abiertas, las plantas, Dios, etc., sólo por poner ejemplos
generales, para problematizar aquello que no podemos ver.
La voz poética reconoce
axiomas universales que nos empujan atravesar las normas como: nada es nuestro (poema uno), la tierra que deben labrar los hombres para
seguir viviendo (poema tres), para luego llevarnos a cuestionar nuestros
preceptos del tiempo, como un tema continuo: el ayer que no deseamos recordar (poema cinco), es decir la
fugacidad sin temple y conciencia de las acciones pasadas. Sin embargo, si
miramos el futuro: ahora es el sol que
nos falta, la sonrisa, el amor constante que ha huido de nosotros (poema
veinte), estaríamos frente al pronóstico para aquello que no podemos evitar, la
sociedad, si o si, es emergente del futuro esperado, que podríamos llamarlo
caos.
Este primer acercamiento, al
parecer de forma, nos confiere pensar en aquel cuerpo que soporta y registra
todos los avatares de lo que no podemos ver, en otras palabras a los “cambios”
que estamos sometidos ya sea por el tiempo o los símbolos que el poemario
plantea. No obstante, es necesario, retomar la idea de fugacidad y dinamismo,
que no son más que sinónimos: todo cambia
[…], tu cuerpo envejecido, los niños que no duermen (poema 6). Como vemos
son consecuencias que afectan a la naturaleza humana, pero también podemos
decir a la fe: oro y recorro la penumbra
de los días que se abren como fantasmas (poema quince). Viento que no perturba la memoria de nadie,
ni de Dios cuando lloro (poema siete). Estamos frente a lo que podríamos llamar
“diálogo unipersonal”, pues la respuesta que se busca no es concretada ni por
el propio Dios, ¿será que estamos inmersos en una revelación de la sociedad
moderna individualista?
Los elementos de la naturaleza
como el agua, las plantas y las piedras tienen un protagonismo particular,
porque pueden ser el símbolo de aquello que buscamos reconocer; son agentes que
nos podrían permitir llegar a la luz ansiada, o simplemente abrirnos paso para
el aprender de los errores y la incertidumbre: y yo, una vez más, debo caminar hundiendo mis patas en el barro
incierto, sin pretender la luz ni el agua trasparente para nutrirme en este
valle, esperando algo que no comprendo. (Poema ocho)
Estos versos dan un
protagonismo al yo poético, quién tiene que luchar ante la incertidumbre, pues
sólo de esa manera podrá, quizás, comprender a la vida. En cambio en estos
versos: No conservo nada entre mis manos.
La lluvia, el polvo que desciende de las rocas se lo lleva todo. Soy una rama
que indiferente golpea el viento (poema veinticinco) el yo poético se
performatiza en un elemento de la naturaleza, por lo que sus acciones no pueden
ser evitadas, y nuevamente manifiesta la fugacidad irreparable del tiempo.
De todos los elementos
mencionados, la puerta y el espejo son los que mejor cuestionan al hombre; si
bien el espejo es el reflejo y no la realidad, pues arroja una verdad: miraré en un espejo circular mi rostro
deformado por el tiempo, miraré también las heridas que nunca podrán cicatrizar
mi alma y mi memoria. (Poema dieciséis)
Sin
alejarme demasiado de tu puerta que me mira, debo recorrer todo un desierto de
ceniza sin saber por qué. Ignoro como siempre, dónde termina este laberinto que
me encierra: la vida. (Poema diecisiete) la vida es
tan incierta que sólo podemos afirmar donde se inicia, lo más probable que la metáfora sea esa puerta nuestra o ajena,
que nos permite seguir un camino, ya sea, un laberinto, un circulo o
simplemente lo fortuito.
Quiero terminar este
acercamiento al poemario, con unos versos: Deseamos
ver la luz, no el espectro de la luz; la hierba, no el desierto que no se mueve
en nuestros pechos. (Poema treinta tres) ¿Cómo interpretarlo?, creo que lo
más sencillo es reconocer que hoy en día sólo vemos espectros, y no vemos “aquella
iluminación” que evitaría las problemáticas del hombre. El poemario es una
contestación a las imágenes impuestas por la vida rutinaria. Nos acerca a
través de la sencillez a una vida sin adornos. La propuesta del poemario invita
finalmente, al lector preocupado por esta era a quitarse la máscara, pues sólo
así podrá descubrir “Otra” alternativa, ya no de sobrevivencia, sino de
vida.
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